lunes, 28 de junio de 2010

La cajita de color crema

Yo llevaba un par de semanas con Renato cuando conocí a su hermano gemelo, Javier. Renato me gustaba, era un buen tipo, pero Javier... Javier era otra cosa. A pesar de ser idénticos por fuera, por dentro eran totalmente distintos. Renato era tranquilo, risueño, caballero, confiable. Todo en él parecía bondad. Javier, en cambio, representaba el peligro, era poco comprometido, siempre andaba serio, era el mino, y él lo sabía. Yo habría caído por Javier sin dudas, de haberlo conocido primero, y lamenté cuando Renato me lo presentó. A mí los que me gustaban eran los que eran como Javier, no los niñitos buenos, aburridos y predecibles como Renato.

No recuerdo cuánto tiempo pasó. Quizás fueron unos meses. Yo aprovechaba cada momento en que veía a Javier para compararlo con Renato, mi novio formal, y quejarme en silencio de lo que él no era y nunca sería. Javier me gustaba, me atraía, pero tenía claro que nunca pasaría algo entre nosotros. Sin embargo un día... Fue un día sábado. Yo fui a buscar a Renato a su casa. Javier estaba solo. Me hizo pasar. Nos sentamos en el living, me ofreció algo de tomar mientras esperábamos a Renato. Conversamos, para ser sincera, no recuerdo de qué, pero recuerdo la sensación de cosquilleo, de nervios, de pensar en lo imposible... Hasta que pasó. Javier y yo nos besábamos, casi arrastrándonos por el suelo, camino a su dormitorio. A medio desnudar nos detuvimos, nos dijimos algo, una disculpa, con voz entrecortada y volvimos al living, arreglándonos la ropa. No podíamos hacer eso, no podíamos hacerle eso a Renato. Cinco minutos después estábamos completamente desnudos en la cama de Javier.

Estuvimos así cerca de un año. Nos veíamos en los momentos robados a Renato. En los paseos familiares, en las cenas en casa de sus abuelos, en las noches en que me quedaba a dormir en casa de Renato y le exigía dormir sola. Renato hacía pequeños intentos de avanzar conmigo en lo sexual, pero yo lo detenía, le decía que quería esperar hasta el matrimonio, y Renato, pobre Renato, me creía y me respetaba, y se iba a dormir a su dormitorio mientras yo me quedaba en el de invitados. Cuando todos dormían, Javier aparecía por el dormitorio y nos faltaban minutos para acariciarnos en silencio, antes de que amaneciera.

Fue en la casa de campo que la familia tenía, que Renato me pidió matrimonio. En el gesto más cursi del mundo, me llevó a dar un paseo. Paramos al lado de un árbol. Renato me mostró un corazon dibujado con su nombre y el mío adentro y al pie del árbol, en una cajita color crema, un anillo reluciente. No supe decirle que no. Renato se puso a llorar cuando, de rodillas, puso el anillo en mi dedo. Me sentí asqueada. Esa misma tarde me las arreglé para que Renato se fuera a dar un paseo con su madre y me escapé con Javier al campo. Fuimos al mismo árbol y le conté que Renato me había pedido matrimonio. Javier me daba la espalda. Yo estaba sentada en el suelo, sobre el pasto seco y largo, jugando con una ramita. Cuando levanté la vista después de haberle preguntado qué íbamos a hacer, ví que Javier, con una piedra afilada, había borrado los nombres dentro del corazón. Fue la primera vez que lo ví demostrarme que yo le importaba, que lo que teníamos, lo que fuera que haya sido, le importaba. Lo hicimos ahí, con el pasto enterrándoseme y picándome en el cuerpo. Javier me dijo que no le importaba echarse a su familia encima, que estaba enamorado de mí, que me quería para él, que ya no soportaba verme con su hermano, saberme de Renato. Yo a Renato le tenía cariño, me costaba pensar en desprenderme de él y por otra parte, pensaba en que Renato era algo seguro. Con Javier corría el riesgo de que no funcionara, de que no fuera lo que yo quería que fuera. Quizás, al final, lo que quería era una mezcla de Renato y Javier. Obviamente no lo podría tener nunca. Ese mismo día terminé con Renato, le devolví el anillo, le dije que lo sentía, y desaparecí de su vida. Tampoco quise ver a Javier.

Hoy Renato está casado y tiene una hija. Javier ha vuelto a buscarme. Según él, quería cerrar el círculo conmigo, responder lo que quedó inconcluso entre nosotros. Fuimos a su casa de campo. Caminamos conversando. Llegamos hasta el viejo árbol, todavía con las cicatrices del engaño en su tronco. Javier me preguntaba si yo creía que podíamos intentarlo de nuevo. Que nunca dejó de quererme, que ahora el tiempo había pasado, que su familia lo entendería. Puse mi mano sobre el corazón rugoso y áspero mientras lo que me decía Javier se iba haciendo más y más pequeñito. Cuando miré hacia abajo, arrimada a una raíz sobresaliente del árbol y casi oculta por el pasto crecido, vi una pequeña, sucia y maltratada cajita de color crema.

3 comentarios:

Claudia Canifru dijo...

Me gustó mucho, es un cuento entretenido y redondo.

Kate dijo...

Jm.. me hizo recordar una situación parecida. Muy buen relato, me gusta como pones a la foto como protagonista indirecta.

Me gustan mucho estos relatos donde los personajes no son planos sino seres tridimensionales con preocupaciones reales y problemas definidos, y no hay un héroe específico ni un villano específico, sino situaciones que benefician o perjudican a una persona o a un grupo.

Excelente!

M dijo...

Muchas gracias Kate y Claudia :D