domingo, 9 de mayo de 2010

Sebastián

Sebastián era un chico feliz y afable, parco en palabras, sí, pero no se puede pedir todo e incluso este pequeño defecto le hacía aún más interesante. En cuanto acabó los estudios encontró un buen trabajo y se echó novia. Pronto buscaron una casa, se casaron y no tardaron mucho en tener hijos. Bien seguiditos, como mandan los cánones.

Con el paso del tiempo este chico agradable se fue convirtiendo en un hombre huraño. Perdió todo el contacto con sus amigos y se fue encerrando en sí mismo, ni siquiera miraba a su mujer. Se había convertido en esclavo de sus hijos, sobreprotegidos y mimados porque él no quería que les faltara de nada, y del trabajo, no existía nada más en su vida. Sus familiares, los únicos con los que seguía manteniendo algún contacto, no eran capaces de hacerle entrar en razón y su mujer miraba incrédula al hombre con el que compartía la cama cada noche, intentando ver algún vestigio del chico que le había cautivado hacía no tantos años. Del hombre cariñoso, atento y siempre dispuesto a echar una mano no quedaba nada, ella se sentía invisible frente a él, pero no podía negar que era un padre siempre presente y eso complicaba su decisión de abandonarle. Sebastián por su parte odiaba todo de su vida actual, nada le proporcionaba satisfacciones. El trabajo que tanto le gustaba al principio le resultaba ahora monótono y sin interés, sin embargo seguía dejándose la piel en él cada día a falta de una motivación mejor. Su mujer a la que tanto había querido cuando la conoció le parecía la persona más pesada del mundo y ya hace meses que había decidido ignorarla. La casa que había buscado con tantas esperanzas de futuro ahora le parecía una cárcel, en un pueblo que odiaba, rodeado de vecinos cotillas que seguro que hablaban de sus problemas matrimoniales cada vez que le veían pasar. Y ni siquiera se reconocía a sí mismo cuando se miraba en el espejo, había engordado casi 20 kilos, no era capaz de andar más de cinco minutos sin perder el aliento y estaba empezando a quedarse calvo, signo inexorable del paso del tiempo que le confirmaba que estaba echando a perder su vida. Desgraciadamente no era capaz de encontrarle un sentido a su vida, no se veía así diez años después, prefería verse muerto y a menudo hacía bromas de mal gusto al respecto. Sólo sus hijos conseguían sacarle una sonrisa de vez en cuando, pero no era suficiente para hacerle reaccionar y despertarle de su letargo.

Un día en el supermercado vio a una mujer que le resultó familiar aunque no podía recordar de qué la conocía. Tenía una belleza simple y dulce y Sebastián no pudo evitar mirarla fijamente. Ella se dio cuenta y en seguida y desvió la mirada, le disgustaba que un hombre tan desagradable la mirara de aquella manera. La cajera saludó a la mujer “Hola Estefanía, ¿qué tal va todo?” y esta sonrió. Sebastián pensó en el nombre y vinieron a él recuerdos extraordinarios, de su primer amor verdadero que acabó de aquella forma tan triste. Ellos todavía se querían pero Estefanía tuvo que viajar lejos por un año y decidieron darse tiempo, cuando ella volvió, Sebastián pensó que durante su ausencia Estefanía habría conocido a chicos mucho más interesantes que él y nunca se atrevió a ponerse en contacto se nuevo con ella. El tiempo fue pasando y sus caminos no volvieron a cruzarse. Hasta ese día. ¿Se atrevería Sebastián comprobar si esa Estefanía era, como él intuía, la misma que le había robado el corazón? De todos modos, ese viaje relámpago al pasado le había hecho darse cuenta que aún tenía ganas de vivir y le quedaban sentimientos, sólo era cuestión de orientarlos en la dirección correcta para salir adelante. A partir de ese día sólo iba a hacer lo que le dijera el corazón y no iba a dejarse llevar por los dictados de una vida correcta a los ojos de los demás.

4 comentarios:

Kate dijo...

Esta historia me recordó las historias de un volantico que repartían en mi colegio, con reflexiones y moralejas (no de relaciones de pareja, pero el formato de escritura es el mismo).

Sin embargo, creo que le falta un poco de fuerza al final del relato, termina como una consecuencia previsible y no hay efecto de sorpresa y fuerza... que fue lo que entendí trataba la tarea. Pero está lindo el relato, y deja una moraleja muy bonita :)

M dijo...

Creo que el relato es un ejemplo muy bueno de ”la ley y el deseo”, el protagonista sigue lo que ”la ley” dicta hasta un punto de hastío en el que ni siquiera le interesa vivir. Cuando se presenta ”el deseo”, en este caso Estefanía, nos deja con el suspenso de querer saber qué pasa, si Sebastián seguirá su vida de hastío o de si se atreverá a poner todo en juego… Claro que por lo que leo Estefanía no se ve muy interesada en él, a primera vista… Algo que no entendi muy bien fue que se volvió así por su exceso de trabajo? Y luego el mismo trabajo lo terminó hartando? De todas formas, me pareció interesante lo que hiciste Ainhoa, sobretodo porque me quedé pensando en un par de ”sebastianes” que conozco.

Blue dijo...

Me pareció un relato excelente, de verdad, pero incompleto. La descripción del personaje, lo que había vivido y esta vivido, su ambiente, su familia, todo se huele, se palpa, hasta que entra al supermercado. Ve a esta mujer, los recuerdos, y es como que ahora viniera un comercial que dijera “y ahora, vea los próximos capítulos de la vida de Sebastian, en canal fox, los sábados a las 9” ta-tannnnnnnnnn. Se diluye un buen relato solo con una decisión poco profunda de Sebastian de que “ahora si cambiará su vida” como quien cambia de un momento a otro la marca de cereal. Si iba a quedar hasta ahí, le falto profundidad a esa reflexión, habría que escribirla, para lograr un relato mas redondo, y que sea consecuente con lo excelente de los dos primeros tercios. Felicitaciones!!!

(Pd. me paso lo mismo con mi cuento de Lulita, que casi termina con ella saliendo de la casa y nada mas)

Afumhue dijo...

Me gusta el final abierto y la personalidad de los personajes. Algo si me incomodó un poco al principio y fue esa necesidad de describir al personaje tan explicitamente... Me explico: era feliz, afable, parco en palabras... a veces las descripciones necesitan ser más generosas, en vez de decir "era feliz" podrías haber usado un sinónimo y decir "se sentía" (porque claramente no era feliz, si bromeaba con matarse)... y en vez de decir que era parco en palabras, tal vez sería mejor ponerlo en una situación que lo demuestre. Te lo digo, no porque lo que hayas hecho esté mal, muy por el contrario, pero sí como una sugerencia. Podemos acercar más al personaje al lector más de ésa manera y hacerlo más definido en sus acciones. Me gustó el relato... sin embargo creo que definitivamente podrías haberle sacado un mejor provecho a las descripciones. Nada más que decir.