domingo, 3 de abril de 2011

En serie

Soy un asesino desde que tengo uso de razón. A los cinco años me deleitaba matando moscas, sacándoles las alas primero, mientras las veía arrastrase con el líquido verdoso que les corría por sus espaldas diminutas. A los siete años asesinaba ratones, ranas y ardillas, animales pequeños e insectos grandes, lo que cayera en mis manos. Los viviseccionaba y los miraba morir desangrados. Les quitaba los pequeños órganos, los corazones aún latientes, con la precisión de un cirujano.

Ni los castigos de mi madre ni las palizas de mi padre consiguieron quitarme este vicio, pero me enseñaron a ocultarlo, a perfeccionar mi técnica y a esconder todas mis huellas.

Jamás lo he considerado un crimen. Quizás me tachen de frío, de animal... prejuicios todos hechos por una sociedad débil, sociedad en la que sólo los más fuertes deberíamos sobrevivir.

Con los años tuve que aprender a contenerme, sin embargo, no podía ocultar mi regocijo cada vez que podía ver sangre nuevamente: un gatito callejero me servía, un cachorro de perro abandonado era la víctima perfecta. Aprendí a sacar ojos en menos de un segundo, a desollejar mientras el animalejo se retorcía en mis manos, a deshuesar casi sin cortar vasos sanguíneos.

Mis intereses me llevaron por el camino obvio a estudiar medicina. Era el orgullo de mi familia. Ese chiquillo travieso y malo se había convertido en un hombre de bien, en un hombre que algún día alcanzaría el prestigio, que pondría el apellido de la familia muy alto. No tenían idea de mis verdaderas intenciones, de mi fascinación por cortar, por ver músculos, sangre, carne, grasa, por experimentar.

Por las noches me iba a la cama leyendo sobre médicos famosos con mis mismos intereses. Oh, que habría dado yo por haber vivido en la Inglaterra antigua, por haber sido yo el llamado Jack el Destripador. Soñaba con Josef Mengele y sus experimentos, me extasiaba imaginándolo en los campos de concentración con la absoluta libertad de elegir a sus víctimas, el ángel de la muerte, cómo me habría gustado estar a mí en su uniforme, en sus zapatos, sosteniendo su bisturí y sus jeringas. Jamás habría sido tan estúpido como Harold Shipman, jamás habría asesinado a alguien por que me caía mal o para quedarme con sus pertenencias... lo mío venía más por el lado de la curiosidad, una curiosidad que nunca se satisfacía, que a más sangre se volvía aún más sedienta.

Pensé que en la universidad, una vez teniendo acceso a cadáveres, me iba a sentir satisfecho. Pero no. Lo mío era algo más. Descubrí que mi placer estaba en explorar a la víctima viva, tal como las moscas, ratones y gatos callejeros. No sentía interés en diseccionar cuerpos inertes que no oponían ninguna resistencia, que al cortar no sentía ningún tipo de calidez en mis manos, que al descuerar no sentía su mirada de terror clavándose en mi sonrisa.

Continué con perros, gatos y lo que cayera en mis manos, sin embargo... sin embargo algo me faltaba... después de cada pequeña víctima sentía un vacío que no podía explicar, un anhelo que no conseguía sastisfacer.

Fue entonces cuando empecé a pensar en víctimas humanas.

Asesinar a un humano... ¿sería capaz de hacerlo? ¿Me fallaría el pulso en el último instante? ¿Me arrepentiría?

Estuve dándole vueltas al asunto por muchos meses. Meses en los que no toqué un sólo animal. Temblaba de sólo pensar en mis manos en un cuerpo humano y cual drogadicto que se abstiene de su droga, sentía los escalofríos recorrerme el cuerpo.

Un humano era una cosa más seria que un perro de la calle, aunque yo, sinceramente, no veía demasiada diferencia, pero a un perro pulgoso y mugriento nadie lo echa de menos, hasta se alegran de que haya desaparecido y nadie hace preguntas, con un humano es distinto.

Finalmente me decidí y empecé a mirar quien podía ser mi primera víctima. No podía ser cualquiera. La virginidad sólo se pierde una vez. Tenía que ser alguien especial.

Luego de unas semanas me decidí por fin: Ana, una estudiante de medicina que iba en segundo año. Había hablado un par de veces con ella, nos saludábamos por los pasillos, pero nada más allá. Ana era hermosa, de piel de un tono cremoso, pelo castaño rojizo y buenas tetas. Lo único que no me gustaba de ella eran las pecas que tenía por toda la nariz y las mejillas. Fueron las pecas las que me decidieron a escogerla.

Miré sus horarios y la seguí varias veces a su casa sin que ella se diera cuenta. Vivía no lejos de la universidad, en una casita esquina en un barrio de clase media con un patio de muro bajo que no me costaría nada escalar. No sabía si vivía sola, así que me fui a espiar en horas que robaba a mis clases de estudiante de último año a ver si alguien más vivía ahí, pero nunca vi a nadie más.

Tres semanas más tarde, un día miércoles por la noche, dí el golpe.

Como sospechaba, no me costó nada entrar a su casa. Llevaba un gorro de goma atado con cinta adhesiva al casco para no dejar pelos que me acusaran, así como tela adhesiva sobre las cejas. Me había depilado el cuerpo completamente. Encima de la cara me puse una máscara una vez había entrado en la casa. El corazón me latía a mil por hora.

No me costó entrar al living. Era una sala pequeña del tipo living-comedor y cocina, todo en un ambiente. Sobre la mesa de centro habían tres velas que despedían olor a vainilla. Sobre un mueble lleno de vasos y copas, una fotografía de Ana y una pequeña niña muy parecida a ella. En ese momento pensé que era su hermana. Me dirigí a la cocina y busqué en los cajones. Había pensado en llevarme mis instrumentos de cirugía pero entonces pensé en el típico y definido corte que deja un bisturí y pensé que iba a ser mejor usar lo que Ana tuviera a mano, además de añadirle emoción, haría parecer todo un crimen normal y las sospechas jamás se dirigirían a nadie de la facultad.

En la cocina ví una caja con juguetes. Mierda. ¿Vivía la niña ahí o eran para cuando fuera de visita? Revisé los juguetes sin hacer ruido: una muñeca con un solo ojo, un tren de piezas de duplo en rojo, azul, verde y amarillo, unas tacitas plásticas de color rosado con flores amarillas... había también una pelota pequeña de tela que tomé. Podía servirme si todo salía según mis planes.

En uno de los cajones encontré cuchillos. Escogí uno mediano de buen filo. Sobre el mesón había un martillo y algunos clavos. Pensé en usar el martillo, pero luego pensé en la sangre salpicando mi ropa, así que lo dejé, pero tomé un clavo puntudo y me lo metí al bolsillo. Sobre el mesón había también una caja de té abierta y una caja de leche vacía. Me quedé en silencio escuchando. Si el té era reciente, quizás Ana estaría despierta, pero no veía tazas alrededor. Con pasos sigilosos me dirigí al interior de la casa.

Encontré un dormitorio vacío con una cama pequeña y rosada y muñecas sobre el cobertor infantil. Una foto de la misma niña sentada en un caballo de madera, sonriente y despeinada, coronaba la cabecera de la cama.

Al fondo del pasillo, vi una puerta y una luz azul filtrándose por debajo. Me acerqué con cuidado. Miré mi reloj. Eran pasadas las cuatro de la mañana. El pulso me latía con fuerza en el cuello. Apreté en mis manos el cuchillo. Me sentía poderoso. Me sentía invencible.

Abrí la puerta despacio, sólo lo suficiente para mirar por una ranura. El televisor estaba encendido y en silencio, con un programa de trasnoche. Ana dormía en su cama, de lado, se había destapado una pierna. Usaba una camisa de dormir de color claro. A través de la tela delgada se le notaban los pezones erectos. Recordé que también la había escogido por sus buenas tetas.

A los pies de la cama estaba su ropa. Un pantalón de mezclilla, una camiseta y un sweater. En la cintura de los pantalones había una correa de cuero, que saqué. Con el cuchillo bien afirmado me acerqué a Ana. La miré un buen rato. Olí su perfume. Miré su pelo suelto por la cama. Volví a mirarle las tetas. Por un momento pensé en darme la vuelta e irme pero entonces Ana se movió y como un resorte, impulsado quizás por el miedo, salté sobre ella y le tapé la boca. Ana abrió los ojos y me miró con terror. Creo que no me reconoció. Empezó a gemir y a mover la cabeza en sentido negativo. "Shhh" fue lo único que le dije. Busqué en mi bolsillo y encontré la pelota de tela. Le presioné el cuchillo en el cuello y le hice gestos de que abriera la boca. Lo hizo sin chistar. Le metí la pelota lo más que puse. Le provocó arcadas pero luego de unas cuantas, se quedó quieta.

La cama de Ana era de esos catres antiguos con cabecera de bronce. Amarré sus dos manos con la correa, muy firme, y la até a la cama. Con una bufanda le até el pie izquierdo y con un pañuelo el pie derecho. Ana era mía. Sentía la sangre burbujear en las venas de placer, puro placer.

Le subí la camisola a Ana, exponiendo su sexo velludo. Le pasé mi mano enguantada por el clítoris. Me habría gustado arrancárselo de raíz a ver cuál era su reacción, pero me contuve. Quería disfrutar el momento lo más posible.

Tomé el cuchillo y le rajé la camisola por el medio. Ah, sus exquisitas tetas. Pensé en cortarle los pezones por el borde de color oscuro, extraerle el tejido mamario. Ana cerraba los ojos y se retorcía e intentaba gimotear más fuerte. Sus sonidos resonaban en mis oídos y me dí cuenta de que no podía hacerle todo lo que habría querido sin ser descubierto. Decidí cortarle la yugular, un corte limpio y fino que la fuera desangrando de a poco, mientras yo continuaba mi trabajo.

Esa noche, oh, esa noche fue del éxtasis más puro, del orgasmo más intenso. Una vez debilitada, Ana no opuso resistencia y no tuve problemas en practicarle las mil cosas que tanto tiempo llevaba soñando. Cuando dejé la casa, dos horas más tarde, ya no latía el pulso en su muñeca ni fui capaz de encontrar los latidos de su corazón.

En mi casa me bañé y lavé mi ropa y me acosté. Pensé que no iba a poder dormir de excitación, pero apenas puse la cabeza en la almohada, dormí casi 48 horas.

Hoy domingo me llamó un compañero de universidad. Le dije que había estado un poco agripado, por eso no había ido a clases, pero que mañana sin falta iría. Me contó de Ana, de que el viernes alguien la encontró porque le correspondía quedarse con su hija ese fin de semana y dió el aviso a la policía y a la universidad. Me contó de los horrores que le habían hecho mientras yo escuchaba en silencio, con una sonrisa en mis labios. "No te preocupes de decir nada" me dijo mi compañero, "yo también quedé en shock".

Pensé que asesinar a Ana iba a dejarme más tranquilo, iba a calmar este hervor que siento por dentro, pero me doy cuenta de que no, de que esto recién empieza, de que siento más sed que nunca. Me doy cuenta de que nací y siempre seré un asesino, un asesino en serie, y no hay nada que me cause más placer que el dolor de mis víctimas mientras mi cuchillo las secciona.

Espero con ansias ir a clases mañana, oír los detalles macabros y ver si alguien tiene idea de qué fue todo lo que el asesino le hizo a Ana. Me pregunto si alguien sabe que antes de que se desangrara completamente, le quité todas y cada una de sus pecas con la punta del clavo.

7 comentarios:

LandART dijo...

wow...

El texto esta muy bien, la lectura es amena, no es exagerada pero tampoco es simple. Me gusta tu forma de escribir... Pero wow... es macabro.. hasta me dio un poquito de miedo... mas que un poquito!

Lizbeth dijo...

Muy buen relato!! Hasta parecia pelicula... me dio miedo!

Hada de Luz dijo...

Que relato, pero que relato!!!! Quede helada, se me erizaron los pelos del susto!!
Todo tan bien contado, los detalles, simplemente GENIAL!!

Kate dijo...

Jejejeje definitivamente tienes la capacidad de autoinventarte y sorprender de forma increíble. Sencillamente, un relato excelente (en parte porque me encantan las historias de asesinos en serie). Veo que manejaste el perfil del asesino de forma muy acertada, su pasado explica su presente y su presente predice su futuro (en lo posible). Todo sin juzgar ni tomar posiciones, sólo mostrando las motivaciones puras. ¡Me encantó!

Ivan Prodounov dijo...

ME DAS MIEDO TERESA!

Estás segura de que no eres una asesina en serie? Porque la verdad es un texto muy convincente! La verdad es que se percibe la personalidad del asesino sin ningún problema!

Muy buen relato!
Saludos!

Zuzu dijo...

Me gustó el relato, uno logra conocer al personaje y tenerle miedo. El final escalofriante.

M dijo...

Landart: gracias por tu comentario, jejeje era la idea que quedara un poquito macabro :D

Lizbeth: gracias por pasar a leerme :D si te dió miedo, entonces cumplió el objetivo que me propuse :D

Hada de Luz: gracias! que se te erizaran los pelos es una buena señal :D

Kate: graciaaaaas por tu comentario :D la verdad es que no sé por qué me salió esta vez tan fácil (tendré algo de asesina en serie jaja), a mí también me gustan los relatos de este tipo, y el desafío estaba en poder usar todas las palabras propuestas, contar un inicio-desenlace y final conciso pero que explicara bien a este personaje... y si, traté de no caer en prejuicios morales ni nada, él era él y punto :D que bueno que te gustara! y gracias por proponer los elementos que me fueron guiando (la verdad es que con los que propuse yo, tenía la idea de un relato infantil!)

Ivan: quien es Teresa? jeje quizás lo fui en una vida anterior :P

Zuzu: gracias! creo que el miedo "general" es la mejor señal de que mi relato resultó creible :D

Gracias a todos por su comentarios!